Me echaba la bronca David en el post anterior por caer de nuevo en el universalismo casi al mismo tiempo que yo comentaba a alguien en otro blog la importancia de pensar desde comunidades reales
El toque de atención, creo, se debe más a mi mala tecla que a verdadero universalismo sobreactuando en el texto, pero debo reconocer que ese impulso puede ser algo que nunca acabe de salir de mí. Quizá en algún momento saldré a tratar de convencer a todos de no sé qué o haré algo para tratar de salvar al mundo. Y los fracasos de esas quijotadas me pesarán a la vuelta. O igual no.
Como mínimo, sé que daré la vuelta antes (ya me ha pasado), que saldré con una actitud distinta y que me asomaré a lugares más cercanos y con más sentido que los de antaño. Porque tengo claro que todo ha cambiado en buena medida desde que, con ayuda del mismo David, conseguí empezar a pensar cada vez más desde esa comunidad real, desde mi propio lugar, mis relaciones y, en definitiva, desde mí mismo. Las comunidades imaginarias como la nación, el género, la clase social, la puñetera ciudad-nación o el 15M empezaron a hacerme menos daño conforme fui dejando de creer en ellos, se achicaron como los demonios cuando les dices que no existen y dejé de aceptar que me definieran, eliminando a golpes un montón de sinsentidos, compromisos, pudores, creencias y demás mandangas. La sensación al entenderlo fue de respirar aire puro tras haberme pasando la vida chupando tubos de escape. Es increíble cómo negarse a aceptar esas alucinaciones definiéndote hace que las cosas que ocurren cobren materialidad y un nuevo sentido. Con el Estado te alcanzan, pero con la Nación ya no pueden tocarte.
Además, insisto en lo de mí mismo, y llego al yo, porque el entrenamiento me vino de perlas. Recuerdo cómo, eliminando de mi cabeza las primeras comunidades imaginarias, las fáciles (como la Nación o la Clase), y con ello diciendo a menudo no soy eso, porque no me define, empecé a sentirme más cómodo negándome a ser otras cosas que pudieron hacerme polvo como a otros. Sin ir más lejos, me resultó mucho más fácil evitar las terribles dinámicas que absorben a otros enfermos de cefalea en racimos, y que les hacen llegar a ser enfermos y nada más. Parece una chorrada, ¿verdad? Pues es más fácil decir “soy bajito, pero no sólo soy eso” que hacerlo con esto. Lo que te hace sentir indefenso, parcial o temporalmente incapacitado, tiende a agrandarse hasta que acabas diciéndote “soy bipolar” y no aciertas a decirte que eres nada más. Si además recurres a asociaciones de enfermos (armas de doble filo), verás a muchos de ellos atrapados en un sólo soy que ocupa lo que hacen a cada momento y lo que creen que son capaces de hacer.
Canalizaciones aparte, lo cierto es que me acuerdo casi cada día de lo importante que ha sido para mí pensar desde un lugar mejor y sacar al bicho universalista de mi cabeza. ¿Un lugar “mejor”, y no un lugar “distinto”? En efecto: la comunidad real ha sido un lugar mejor desde el que ver las cosas, pensarlas y, con ello, hacerlas. Mejor para tropezar menos y para levantarse con más fuerza. Es mejor despejarse el universalismo hasta para cambiar el mundo
Pero a veces, con cierta gente, después de aclarar esto he tenido que hacer aclaraciones un tanto cansinas. No es por universalismo que desearía que ciertas cosas pasen universalmente: es que si ocurren en todo el Universo estaré a salvo de ellas o estaré seguro de que no me darán nunca más el coñazo. No es por universalismo que me desagraden los privilegios de la banca o que prefiera vivir en un estado laico a vivir en un estado aconfesional como España, sino que veo cómo los privilegios de la banca encuentran la forma de afectarnos a mí y a los míos y cómo el catolicismo pretenderá meterse en los ovarios de mis amigas y en mi vida tarde o temprano. No es por universalismo que desearía que el anarquismo se extendiese por la red violentamente. No es que tenga interés en que todo el mundo comparta mis ideas, porque no voy a conocer a todo el mundo… pero ¿y si el Estado-Nación no tuviese tal porcentaje de cerebros lavados? ¿Y si el Estado no consiguiese hacer dependientes a las personas que quiero? ¿O a las que podría conocer? ¿Y si desapareciese mágicamente? ¿Sería tan capaz de agredirme o, como las hadas, perdería poder cuando la gente dejase de creer en él? ¿He acabado volviendo al universalismo en doble tirabuzón?








